LA SUPERFICIAL Y DELICUESCENTE CLASE MAGISTRAL DE VARGAS LLOSA QUE ENCANTÓ A LA DERECHA LIBERAL - C
miércoles, 27 de abril de 2016
El Mostrador
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La superificial y delicuescente clase Magistral de Vargas Llosa que encantó a la derecha liberal



Lo lamentable de su exposición no se encuentra en su posición y opción de defender el liberalismo, sino más bien en la de dibujar él mismo aquellas caricaturas que parecía criticar y exorcizar por medio de sus denuncias y disidencias a gobiernos y grupos fanáticos, totalizantes y autoritarios. Y es que plantear que la distancia entre los ideales y la realidad de un proyecto político (en este caso el de la izquierda) es razón suficientes para hipotecar tal proyecto político es lanzar imprudentemente de la tina tanto al bebé y al agua sucia, y confundir lo normativo con lo descriptivo. Pero también resulta estremecedor la falsa dicotomía que terminó garabateando en su reflexión entre optar por una barbarie marxista o una civilización liberal. Tales dibujos, terminaban con tristeza aproximándose algo más como el pasquín que a una honda reflexión de nuestro tiempo.

Como ya debiese resultar de público conocimiento, durante estas semanas nos estará acompañando en Santiago el escritor peruano Mario Vargas Llosas. El motivo de esta destacada visita deriva de la invitación que la Universidad Diego Portales le extendiera por medio de su Cátedra de Humanidades UDP, dirigida por Arturo Fontaine.

Es en este contexto que ayer se llevó a cabo su primera actividad pública. La que contemplaba el nombramiento de Vargas Llosa como Doctor Honoris Causa de la UDP y una Clase Magistral del escritor como cierre. El contenido de esa lección —a diferencia del resto de sus charlas— invocaba ciertas interrogantes, incluso para los organizadores del evento, pues no contaba con un título definido e incluso éste parecía no existir hasta pocas horas antes del encuentro. los asistentes más ilusionados (cuyas filas yo mismo engrosaba) leímos ese ínfimo gesto como una invitación a la complicidad del secreto o la confesión, insuflando de cercanía e intimidad a lo que pudiese prorrumpir en el podio. Las expectativas, al menos, estaban a la altura de esa intuición, lo cierto es que los hechos posteriores harían sonrojar a quienes elucubramos tanto sobre una mínima y notoria ausencia.

Vargas Llosa Y Carlos Peña en la entrega del grado de Doctor Honoris Causa

Vargas Llosa Y Carlos Peña en la entrega del grado de Doctor Honoris Causa

 

El auditorio de la Biblioteca Nicanor Parra ostentaba su máxima capacidad recibiendo a estudiantes, docentes y distintos tipos de autoridades. Se atiborraba el espacio de gente sentada directamente en el piso y otra apoyada en los muros laterales del auditorio. También, se contaban entre los participantes un contingente no menor de prensa con sus micrófonos, luces y flashes. Todo ello le daba un tenor más espectacular al evento. Lo que más llamó mi atención fue la ralea (calaña, índole) de aquellos que ocupaban los asientos: salvo aquellos escritores que al mismo tiempo figuran como rostros o docentes de la UDP (e.g. Rafael Gumucio, Álvaro Bisama, Alberto Fuguet, etc.), fue difícil ver representantes del campo literario o cultural. Sí en cambio se dieron cita decenas de asistentes vinculados al mundo de la derecha más progresista, partiendo por el mismísimo ex-presidente de la república Sebastián Piñera, quien de hecho entraría luego al auditorio junto al mismo Vargas Llosa. Pero también otras personas consagradas en la derecha liberal como el ex-ministro Juan Andrés Fontaine y Ernestro Rodríguez del CEP. Dicha audiencia nos permitió poner las palabras del Premio Nobel de literatura en un nuevo contexto, bastante alejado de su propia obra —que en pocos días contara con una nueva integrante—.

Luego de una abultada y densa espera de 20 minutos, entraron por delante el ex-presidente, Vargas Llosa, Carlos Peña, rector de la UDP y Arturo Fontaine. Una vez que todos tomaron su sitio, el acto dio inicio con una breve y concisa intervención del rector Peña, que lamentablemente por el tiempo de espera pareció más larga de lo que realmente fue. Luego de ello, Peña le entregó a Vargas una medalla y diploma como símbolo y declaración de aquel momento, no sin las fotografías de rigor y el aplauso del público. Con esa antesala por fin se tendría la oportunidad de escuchar las palabras del invitado de honor.

Sebastián Piñera en la Clase Magistar dictada Por Vargas Llosa

Sebastián Piñera en la Clase Magistar dictada por Vargas Llosa

El homenajeado presentaría un discurso que se titulaba finalmenteDe la utopía a la libertad. Asumió su lugar de pie en el podio. No portaba hoja ni carpeta alguna, por lo que parecía que asumiría la tarea de sostener su discurso a través de la oratoria. Sin embargo, de modo amable y diáfano Vargas Llosa contuvo las expectativas del auditorio señalando que sus pretensiones no eran las propias de una Clase Magistral, sino unas más humildes: la de quien testimonia frente a un amigo; él deseaba contarnos la historia ideológica de su trayecto vital.

Sólo en este punto pareció aclarar el tema central de su exposición. Se explayó sobre el movimiento que lo trasladó desde una juventud en el Partido Comunista y en la izquierda, hacia un nuevo camino político y personal que desembocaría en el liberalismo. Esa posibilidad de charla no resultaba para nada sorpresiva, puesto que el peruano ha defendido sus adscripciones políticas en distintas tribunas. Sin embargo, huelga decirlo, más allá del contenido concreto de su charla, lo que le daría el tenor y la profundidad a ésta resultaría más del tratamiento de su propia historia vital como de las complejidades de los contextos en los que ésta se desarrolló.

Sin embargo, esa cualidades y virtudes expresados a tinta y sangre en los indelebles personajes de sus novelas -que no sobra decirlo, siempre han estado íntimamente vinculadas a su propia biografía- en este caso no lograron ser ni traspuestas ni desplazadas al dar cuenta de sí en la voz de la primera persona. Como si al tratarse de historia y no de literatura, todo tuviese que hacerse claro, distinto y mecánico de un plumazo. Y es que la literatura en general y la de Vargas Llosa en particular nos plantea una espesura en su desarrollo que invitan a reflexionar y a interrogarse, cuestión que aquí quedó al margen. Sin duda que el relato del homenajeado corrió con cierto entusiasmo y con una elocuencia indudable y sin par; pero lamentablemente se narró a sí mismo como un personaje demasiado transparente, líneal y sin profundidad. Como es de conocimiento común para cualquiera que esté algo familiarizado con Vargas Llosas y sus primeras novelas, los problemas socio-económicos y los problemas políticos de Perú y Latinoamérica marcaron su trayecto vital. En la conferencia nuestro autor detalló como la miseria e inequidad de su país, además de la dictadura del General Manuel Odría habrían generado un sentimiento y un intento de denuncia y liberación. Y fue eso lo que lo que lo llevaría al comunismo y a la izquierda. Sin embargo su entusiasta identificación se transformaría en disidencia frente a la realidad de la izquierda de su época: una que igual que las dictaduras que pretendía combatir sembrarían la miseria económica y política -cuyo zenit se daría en la figura terrible y conocido caso Padilla-.

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Vargas Llosa junto a Arturo Fontaine Talavera en Clase Magistral

Se ve hasta allí una línea únivoca, plana y clara en donde su anhelo crítico, reflexivo y su autonomía habrían catapultado y pavimentado cada una de sus decisiones hasta la actualidad. Y esa sería toda la complejidad de su trayecto.

El testimonio del Nobel plantearía que ya liberado de las ataduras del fanatismo de esos utopismos enceguecedores, encontró una vía alternativa que, a su juicio, le ha traído más desarrollo y bienestar a las sociedades como nunca antes en la historia: la democracia liberal. De allí que cerrara con una defensa que describía expresionistamente esa vía.

Lo lamentable del cierre de su exposición no se encuentra en su posición y opción de defender el liberalismo, sino más bien en la de dibujar él mismo aquellas caricaturas que parecía criticar y exorcizar por medio de sus denuncias y disidencias a gobiernos y grupos fanáticos, totalizantes y autoritarios. Y es que plantear que la distancia entre los ideales y la realidad de un proyecto político (en este caso el de la izquierda) es razón suficientes para hipotecar tal proyecto político es lanzar imprudentemente de la tina tanto al bebé y al agua sucia, y confundir lo normativo con lo descriptivo. Pero también resulta estremecedor la falsa dicotomía que terminó garabateando en su reflexión entre optar por una barbarie marxista o una civilización liberal. Tales dibujos, terminaban con tristeza aproximándose algo más como el pasquín que a una honda reflexión de nuestro tiempo.

Así se puede afirmar que lo que generó íntimo desasociego y desazón al auditor no fue la defensa de una postura, que en sí misma no resultaba rechazable. No. Lo que resultó incómodo fue que el autor agradeciera a su auditorio con un discurso que no invitaba a la reflexión ni a la duda, sino tan sólo a una especie de aceptación incondicional. Ello evitó que se expresara esa profundidad elemental, radical y crítica que en tantos textos de crítica literaria, narrativa y de opinión le valieron el aplauso generalizado, la ovación y el merecido lugar que hasta hoy Vargas Llosa tiene entre los intelectuales y las letras de iberoamérica y del mundo.

Pienso que para aquellos que esperaban escuchar una serie de anécdotas interesantes y puntos de vista políticos consabidos de su propia boca; o bien aquellos que nunca habían sabido nada de Vargas Llosa les puede haber resultado la charla positiva e interesante. También es posible que aquellos personeros vinculados al CEP y Piñera salieran de cierto modo henchidos en sus pechos por la defensa de un modelo que ellos sostienen acá en Chile. Sin embargo aquél que esperaba una lección magistral, o bien el agudo y potente talante y resonancia del pensamiento de Vargas Llosa no puede haber salido sino con cierto sabor amargo de la charla y una sensación de delicuescencia del evento.

Si bien es verdad que se podría intentar de contraargumentar que el mismo escritor tempranamente expresó como consideración que se tomara más como el testimonio de un amigo, que como una cátedra, lo cierto es que ese no era el lugar ni para escuchar con indulgencia y complicidad los relatos de un confidente, como tampoco la antesala para ofrecer un consejo o recomendación amistosa; que son los polos en los que parece transitar un dialogo íntimo entre amigos. Lo que realmente debíamos esperar era otra cosa. Algo que ya habría hecho ver Mauricio Electorat en una columna publicada en El Mercurio: y es que su reflexión estuviese atravesada por esa frondosa poeticidad en las que se muestra la oscura luz de nuestra humana intimidad, y esa insobornable función crítica que tanto se ha destacado al cortar la maleza que oculta la complejidad de nuestra historia y nuestros contextos. En esta oportunidad tan sólo pudimos contar con un tibio y entretenido relato que albergó una copiosa cantidad de anécdotas pero lamentablemente se extrañó al Vargas Llosa que ha hecho palpitar el incombustible fuego de su poesía y lucidez en tantos textos rubricados bajo su firma.

Manuel Ugalde Duarte es Director de la Fundación Ciudad Literaria.